lunes, 25 de enero de 2010

La palabra nuestra de cada día


La palabra diferencia al hombre de todos los seres vivientes y lo diferencia de entre los hombres mismos, pues en el principio era el verbo, tal como expresa el precepto bíblico y el hombre no volvió a estar desnudo. La palabra cubrió su desnudez. La palabra es un vaso comunicante entre el Dios de la inocencia y el Dios de la ira, la que no permite que la humanidad muera de silencios, la que comprende el soliloquio del hombre y rompe los muros de su soledad. Con la palabra contamos cuentos, narramos leyendas, referimos la historia de nuestro pasado, nuestra sangre, nuestra estirpe y nuestras raíces atávicas, nos comunicamos con los muertos, con el pasado, con lo visible y lo invisible. Con la palabra llevamos a América a cuestas y la recorremos desde la sangre, piel adentro, esta América doliente que no quiere ser invisible, y la palabra está viva para cantar por ella. Está en el canto de Neruda y de Carrera Andrade, en la negritud de Aimé Cesaire y Antonio Preciado, en la voz de Atahualpa Yupanqui, de la negra Mercedes Sosa cuya ausencia aún nos duele, y en la palabra lacerada y lacerante que grita libertad, que clama por justicia en el Boletín y elegía de las mitas. Con la palabra no hay servidumbre ni claudicaciones. Con ella penetramos en la entraña de la vida para recorrer cada recodo de la tierra y del hombre. Con la palabra no permitimos el olvido, ella nos recuerda las cenizas de Manuela en Paita, las cruces flotando sobre el agua y la hoguera bárbara del magnicidio. La palabra nos saca del vientre de la vasija de barro y nos conduce nuevamente a ella, para completar el ciclo existencial.

La palabra es nuestra confidente y se dice sola, se empodera y nos domina. Ella describe la soledad, la vida y la muerte, y puede ser lanza bajo el costado, cuando duele desde la violencia y deja la llaga, y puede ser clarinada para detener todos los istmos y todos los laberintos del odio. Puede ser rebelde y contestataria, pero puede ser el vocablo que estremece a la humanidad, mientras van galopando nuevos jinetes apocalípticos, con el hambre y la muerte a cuestas, ella salva o condena. Y es que la palabra también acuña otras, porque no solo la belleza es cantada. Son aquellas que sobrecogen y laceran, son las que rompen la armonía del cosmos, son demasiado definitivas, son las que representan dolor, son antipalabras como guerra, miedo, muerte, injusticia, odio, violencia, falacia, holocausto. Entonces la palabra se enluta, la palabra llora cuando un ángel pierde sus alas, cuando a un niño se le vulnera la sonrisa.

Y ¿dónde queda la palabra ante el dolor de las mujeres del silencio? Es que las mujeres no deben vivir detrás del muro del miedo, ni detrás de una burka, ni deben ser violentadas, ni mutiladas.

La palabra es libertad, no hay jaula que la encarcele, ni silencio que la contenga, que nadie la viole, que nadie la mancille, dejemos que sobreviva nuevos diluvios. Por ello, hay que estar vigilantes de que no sobrevengan tiempos en que se pretenda acallarla, que no lleguen tiempos en que se ose silenciar al cantor, que se ose matar al ruiseñor. No podemos permitir que la palabra sea un gorrión sin alas. Si ella muere, todo habrá muerto. El hombre y su frágil existencia. La poesía y el trigo de la quimera. La rosa blanca de la vida y la paz. Y es que aún hay palabras por pronunciar. Hay parábolas que faltan por decir. Aún hay ternuras y sueños por cantar. Que esas palabras no pierdan su derecho al amanecer. Que la libertad no conozca de miedos, ni condicionamientos, ni haya sequía en la esperanza, porque la palabra tiene que ser liberación, sanación, promesa.

La palabra sobrevive a los tiempos, las eras, las civilizaciones y las mutaciones de la humanidad. Ella está escrita en piedra, en lava volcánica, en barro, en papiro y en piel, como los sorprendentes manuscritos del mar Muerto, y permanecerá más allá de la frágil y precaria existencia humana. La palabra es voz en los desiertos y es blanca, negra, mulata y mestiza. Tiene signos y caracteres. Es pasado y es futuro. Mas no permanece inmutable como la roca. Se transforma, avanza, crece, se rejuvenece y es el núcleo de la identidad que crea vínculos entre los pueblos, entre el hombre y su pasado, entre el hombre y su mañana.

Que la palabra nos acompañe siempre, que ella sea el ceremonial de la luz, el vaso comunicante entre todos los misterios, todos los designios y entre el paraíso y el juicio final.

Que ella construya, no destruya; que dignifique, no ultraje; que sea herramienta para la paz, no para el odio.

* Fragmentos de su ponencia ante la Academia Ecuatoriana de la Lengua, enero del 2010

La periodista y poeta Rosa Amelia Alvarado Roca asume título en la Academia de la Lengua.

Pintura de: BONDEZAN, tomada del blog: BONDEARTE

Texto tomado de: Diario eluniverso.com

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