jueves, 6 de agosto de 2009

La otra cara de la pérdida de los valores tradicionales


Cuando un sistema de valores deja de tener vigencia y no hay otro a tiempo para reemplazarlo, se corre el riesgo del vacío de valores que vivimos hoy. La solución no es volver a los valores tradicionales; no es posible dar marcha atrás al reloj biológico de la historia.

Las cifras de flujos mundiales de turistas indican un notorio incremento en las preferencias de cada vez más viajeros en todo el mundo por los destinos de naturaleza y hospederías comunitarias o ecoturísticas.

Cada vez más personas son capaces de captar el sutil y sencillo placer de vivir que se respira en los pueblos y comunidades aborígenes en secciones del mundo anteriormente encasilladas como "subdesarrolladas".

Muchos pensadores están reparando en que nuestra civilización entra a una era en la que cada vez más personas lo auténtico empieza a primar por encima de lo artificial y lo natural por encima de lo prefabricado.

El Dalai Lama, cosmopolita autor y conferenciante y líder espiritual tibetano, dice que la humanidad está empezando a vivir una revolución espiritual.

En el mundo cada vez más personas practican yoga, meditan o simplemente buscan una vida en paz y armonía con su entorno.

Basta dedicar cinco minutos de conversación a jóvenes menores de 25 para encontrar una mayor tolerancia ideológica y respeto por el medio ambiente, ambos síntomas de una población menos mezquina y desensibilizada.

Lo irónico es que este proceso contrasta con un incremento en la violencia urbana, pandillas juveniles, fraudes en negocios y corrupción política que caracterizan nuestros tiempos.

Mientras unos se vuelven más compasivos, más sensibles y más abiertos, otros se vuelven menos respetuosos y más agresivos con sus congéneres. Mientras unos hablan de una revolución espiritual, otros hablan de una crisis espiritual de la humanidad.

Dos caras de la misma moneda

Es posible que ambas tendencias tengan su mismo origen, y voy a explicar por qué. Lo que tenemos claro hasta ahora es que Occidente está viviendo un proceso de pérdida de los valores tradicionales.

Cada vez hay menos personas dispuestas a seguir reglas que no tienen sentido para ellas. Hace cien años el divorcio era incorrecto, según las reglas sociales y religiosas predominantes y nadie se divorciaba.

Hoy el divorcio sigue siendo incorrecto según las reglas religiosas y algunas reglas sociales, pero mucha gente se divorcia.

Cuando se abandona un sistema de valores y no hay otro a tiempo para reemplazarlo, hay el riesgo de que se produzca un nefasto desfase, que es posiblemente la génesis de tanta violencia en el mundo.

Estados Unidos vive una tremenda crisis de valores que tiene a los conservadores del Congreso tratando de reinsertar la educación religiosa en los colegios.

Pero hay que comprender que esta crisis se debe a la resistencia de los jóvenes de hoy por aceptar códigos de conducta que ponen más importancia en el parecer que en el ser.

Siendo así es imposible dar marcha atrás al reloj biológico de nuestra civilización y volver a los valores tradicionales.

¿Cuál es la solución?

La solución podrá ser más bien tratar de entender a cabalidad la transformación de fondo que está viviendo la humanidad, y con eso en mente crear un sistema de valores basado en la conveniencia social del respeto mutuo y en un auténtico sentimiento de solidaridad y unidad para con toda la humanidad.

El comediante norteamericano Lenny Bruce encuentra el lado humorístico al tema al decir que cada vez más personas se están alejando de las iglesias pero acercándose más a Dios.

David Griffin, director del Center for Process Studies de Santa Bárbara, California, dice que está emergiendo una generación de filósofos posmodernos que ven a la espiritualidad pura y no secular como la única esperanza de un cambio social positivo.

Según Ervin Lazslo, director de la Universidad Interdisciplinaria de París y autor de más de setenta libros, en estos tiempos de cambio acelerado y desorientación creciente, estamos más que nunca necesitados de una nueva visión con sentido de nosotros mismos y del mundo.

¿Tiene esa nueva visión algo que ver con la revolución espiritual de la que habla el Dalai Lama?

La pérdida de los valores tradicionales no necesariamente mala. Dependiendo de la ética con que se lo mire, puede ser el umbral a un nuevo tipo de ser humano, menos gobernado por los miedos y más guiado por la fuerza del amor y la solidaridad.

Texto retirado dewww.elcuartoojo.com.

martes, 4 de agosto de 2009

Mi tipo inolvidable

Por Paulo Coelho 
El Alquimista

Cuando yo era niño acostumbraba leer una revista a la que mis padres estaban suscriptos; tenía una sección llamada "Mi tipo inolvidable" -donde personas comunes hablaban de otras personas comunes que habían tenido influencia en sus vidas. 

Claro que a aquella altura, con nueve o diez años, yo también había creado mi personaje marcante. Por otro lado, tenía seguridad de que en el decorrer de mis años este modelo iría a mudar, por lo tanto resolví no escribir a la tal revista sometiendo mi opinión  (me quedo imaginando hoy, cómo ellos habrían recibido la colaboración de una persona con mi edad en esa época).

Los tiempos pasaron. Conocí mucha gente interesante que me ayudó en momentos difíciles, que me inspiró, que me mostró caminos que eran necesarios andar. Mientras tanto, los grandes mitos de la infancia, los más poderosos; pasan por periodos de desvalorización, de polémicas, de olvido -pero permanecen, surgiendo en las ocasiones necesarias con sus valores, sus ejemplos, sus actitudes. 

Mi tipo inolvidable llamábase José, el hermano menor de mi abuelo. Nunca se casó, fue ingeniero durante muchos años y cuando se jubiló, resolvió vivir en Araruama, ciudad vecina de Río de Janeiro. Era allí que toda la familia iba a pasar las vacaciones con sus niños; tío José era soltero, no debía tener mucha paciencia para aquella invasión, pero era este el único momento en que podía dividir un poco de su propia soledad con los sobrinos-nietos. Era también inventor y para acomodarnos, resolvió construir una casa donde los cuartos solamente aparecían ¡en el verano! Se apretaba un botón y del techo bajaban las paredes, de los muros salían las camas y los tocadores... y listo; cuatro dormitorios para acomodar a los recién llegados. Cuando terminaba el carnaval, las paredes subían, los muebles volvían a entrar en los muros y la casa volvía a ser un gran galpón vacío, donde acostumbraba guardar el material de su taller.

Construía coches. No apenas eso, sino que hizo un vehículo especial para llevar a la familia a la laguna de Araruama -una mezcla de jeep con tren sobre neumáticos. Íbamos al mar, convivíamos con la naturaleza, jugábamos todo el día y siempre me preguntaba: "¿Por qué él vive aquí solo? Tiene dinero, ¡podría vivir en Río!". Contaba historia sobre los Estados Unidos, donde trabajaba en minas de carbón y se aventuraba en lugares nunca antes visitados. La familia acostumbraba decir: "Es todo mentira". Vivía vestido de mecánico, y los parientes comentaban: "Debería tener ropas mejores". Cuando la televisión entró en Brasil, compró un aparato que colocaba en la vereda, de modo que la calle entera pudiese ver los programas.

Me enseñó a amar lo que elegimos con el corazón.

Me mostró la importancia de hacer lo que uno desea, independiente de lo que los otros comenten. Me acogió cuando, adolescente rebelde, tuve problemas con mis padres. Un día  me dijo: 

-Inventé el hidráulico (cambio automático de cambio de marchas en un auto). Fui a Detroit, entré en contacto con la General Motors, me ofrecieron 10.000 dólares en la hora o  1 dólar por auto vendido con este nuevo sistema. Tomé los diez mil dólares y viví los años más fantásticos de mi vida. 

La familia decía: tío José vive inventando cosas, no le crean. Y, teniendo una gran admiración por sus aventuras, por su estilo de vida, por su generosidad, no creí en esta historia. Conté esto para el periodista Fernando Morais, apenas porque tío José era y es mi tipo inolvidable. 

Fernando resolvió conferir, y esto es lo que encontró (el texto está editado, pues es parte de un gran artículo): "El primer cambio automático fue inventado por los hermanos Sturtevant de Boston en 1904. El sistema no funcionaba a contento porque los pesos frecuentemente se alejaban mucho. Pero fue la invención de los brasileños Fernando Iehly de Lemos e José Braz Araripe, vendida a GM en 1932, que contribuyó para el desenvolvimiento del sistema hidráulico lanzado por la GM en 1939."

Con millones de coches hidráulicos siendo producidos todos los años, la familia -que nunca acreditara en nada, y encontraba que tío José se vestía mal- hubiera quedado con una fortuna incalculable. ¡Qué bueno que él gastó sus diez mil dólares en años felices!


Texto retirado de: http://www.eluniverso.com/
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